Arthur F. Powell, OBE

Memorial Celebration, 14th March 2009

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Mr Emilio Casinello
Mr Emilio Casinello

Mr Emilio Casinello

A menudo es difícil explicar la importancia que una persona ha podido tener en la vida de cada uno. Es obvio que los que han sido alumnos de Runnymede College tienen una idea clara de por qué Arthur Powell ha podido influir en el curso de sus decisiones vitales o por qué sus consejos y presencia durante su educación guardan una importancia crítica en el aprendizaje de vivir. Pero cuando hace unas semanas Charles Powell me dijo que su padre había fallecido la forma en que me afectó y la intensidad de mi desconsuelo tenía –para mí mismo- un cierto sentido misterioso.

Con Arthur Powell me encontré cuando ambos éramos jóvenes adultos, a comienzos de los 60s. Me llevaba una docena de años, y formaba pareja profesional con otra persona singular, Peter Garret, en una academia de idiomas especializada – la academia por excelencia- que preparaba a aspirantes a diplomáticos para la prueba de inglés de la otra angustiosa fiesta nacional: el intimidante rito de las oposiciones. En el imaginario popular de la época, todos los ingleses –en la España de aquellos años, encerrada, castiza, provinciana, aún sin orear–, todos, eran especiales, pero, parafraseando a Orwell, unos eran más especiales que otros. En aquellas clases, en Hileras 4, en aulas estrechas y de marco general surrealista –impuesto por la irracional fórmula de un concurso que pretendía eliminar antes que escoger, y donde podía ser más importante el vocabulario exótico que la sintaxis, Powell se acercaba a sus alumnos desde una cordialidad retenida, muy anglosajona, sin énfasis innecesarios, pero que transparentaba genuino interés humano, arropado por un suave sentido del humor, nunca hiriente en las correcciones de los errores de aquellas tortuosas traducciones inversas.

Yo estaba en una situación fuera de lo común, recién llegado a Madrid de un largo exilio mexicano. Mis posibilidades de ingresar en uno de los cuerpos superiores de la Administración española eran más que exiguas, dada la inclemencia de la época, al ser hijo de socialista cuyo padre aún tenía prohibido pisar tierra española. Creí detectar en Arthur Powell una cierta simpatía subterránea, y un punto de compasión por quien tanto se esforzaba por aprovechar sus muy pedagógicos consejos y lecciones. Iniciada una cierta familiaridad, llegué a comentar que los rencores de los pequeños pueblos –por los que negaban la entrada a mi padre– podían ser desmesurados y debí mencionar que ese pueblo manchego, donde yo había nacido, era Socuéllamos. El asombro de la coincidencia fue mutuo: que Julia, su esposa, fuera de ese mismo Socuéllamos –un pueblo improbable– reforzó una complicidad previa entre un liberal inglés expatriado –culto, de una ironía infaliblemente afable– y un hijo del exilio español. Mi reconocimiento por aquella cordialidad y la confianza en mi mismo que aquella cercanía me inspiró, no tiene fecha de caducidad ni de vencimiento. Puede en parte explicar que persistiera en el empeño y que, contra todo pronóstico, sacara las oposiciones. Por cierto, en compañía de otros dos alumnos de Powell que llegarían a ser Ministros de Exteriores, y que luego tuvieron y tienen hijos y nietos en este Colegio.

En todo caso es un hecho que la buena nota en idiomas promedió para evitar mi descalabro y explicar mi éxito. Así, entré en una carrera que tiene una dosis elevada de costes ocultos, entre otros su naturaleza nómada y errabunda. Y así, inevitablemente, dejamos de vernos cuando yo desaparecí de Madrid destinado a escenarios africanos. Justo cuando Arthur Powell, con Julia, fundaban Runnymede. Me llegaron noticias primero a Addis Abeba, después a Dar es Salaam, de amigos que llevaban sus hijos al Runnymede, y yo me preguntaba como era posible la hazaña precursora de hacer funcionar un colegio laico, anglófono y liberal, categorías las tres pecaminosas –en distinto grado, pero pecaminosas– en la España de aquellos años. La única explicación acertada parece residir en que ya en esos momentos la dictadura, como aseguraba un corresponsal del New York Times, estaba templada por la anarquía.

No voy a fingir mi conocimiento del Runnymede. Pero sí sé, habiendo conocido a Arthur y Julia Powell, que este Colegio, relacionado subrepticiamente con la Carta Magna (los censores de las dictaduras desprecian lo que ignoran –que en buena hora desconocen), conecta con la pedagogía y métodos de la Institución Libre de Enseñanza, y que – como la Institución – representa una reforma imaginativa y creativa de la enseñanza, libre de dogmas y rebelde ante las imposiciones de los poderes eclesiásticos y políticos. Cumplieron así los Powell en la educación una función de magisterio similar a los hispanistas, anticipándose a una demanda social que hasta entonces se desconocía a sí misma. En aquellos últimos años de los 60 una legión de Powells no hubiera estado nunca de más. Me alegro muy sinceramente de que la estirpe –sus hijos Frank, Charles, Paloma y sus nietos, una combinación de ADNs manchegos y británicos que a la vista está que ha dado excelentes resultados– continúe entre nosotros.

Estos paralelismos con la Institución Libre de Enseñanza, que representó un soplo fresco en la pedagogía y la educación de los españoles de finales del XIX y principios del XX, corriente y libertades que truncó la tragedia del 36, es una parte de las conversaciones que se quedaron pendientes –esta vez para siempre– con Arthur Powell. Me doy cuenta ahora que ese reencuentro se fue posponiendo por culpa de una ficción en la que fui a dar, convencido que de alguna forma mantenía la comunicación con el padre –mi maestro de hacía cuatro décadas– a través de su hijo, al coincidir con frecuencia en escenarios madrileños comunes: Charles desde el Real Instituto Elcano, yo desde una inesperada segunda ocupación laboral en el Centro Internacional de Toledo para la Paz.

Llega un momento en la vida en que los años no se cuentan de más en más, sino de menos en menos; cuando los días antes que agregarse se descuentan. Llega un tiempo en que uno es cada vez más lo que ha sido. Y uno ha sido lo que ha hecho. Y es entonces cuando con insalvable frecuencia se hace balance y se tiene conciencia–inevitablemente melancólica, a menudo dolorosa– de lo que no se ha hecho, de lo que se ha quedado sin hacer. Permítanme una cita. Decía Tierno Galván, un viejo profesor senequista reencarnado en Alcalde madrileño, que “hay recuerdos de decepción y recuerdos de esperanza; de los recuerdos de decepción tendemos a olvidarnos; de los de esperanza tendemos a traerlos a nosotros y actualizarlos”. El recuerdo y la memoria de Arthur Powell tiene hoy para mí un inesperado, indescriptible influjo de esperanza. No puede haber mejor legado ni mejor regalo, y es consolador que de una ausencia pueda surgir algo valioso. Influjo que en la más modesta de las medidas espero poder compartir con sus amigos, con la comunidad de todos sus discípulos y alumnos de este Runnymede, y –si ellos me lo permiten– con Julia y con todos sus hijos y nietos. A ellos mi agradecimiento por haberme invitado a estar hoy aquí y permitirme añorar en voz alta aquellos tiempos pasados con alguien tan único y especial como Arthur Powell. Gracias, de verdad.

Milonga del Ángel
by Ástor Piazzolla
Played by Antonio Remiro

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